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Evidencias antisemitas de la Iglesia Católica

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Fernando


Forista maestro
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¿Antisemitismo indestructible?

Por: ssadasdasdas Friedler



El libro La Iglesia Católica y el Holocausto, de Daniel J. Goldhagen, no es muy optimista en cuanto al futuro de las relaciones entre el catolicismo y el pueblo judío. Para él, las raíces del antisemitismo cristiano son profundas, y se remontan al mismo texto del Evangelio.


En estos días terminé de leer La Iglesia Católica y el Holocausto, del famoso profesor de la Universidad de Harvard, Daniel Jonah Goldhagen. Al igual que su célebre libro anterior Los verdugos voluntarios de Hitler es un libro reiterativo, con notorio enfoque académico y un abrumador número de citas. Pero indiscutiblemente posee una lógica de acero y prueba de forma contundente que las máximas autoridades de la Iglesia Católica comenzando por el Papa brindaron un apoyo tácito al nazismo y permanecieron indiferentes al asesinato masivo de judíos. El libro asimismo ratifica la responsabilidad histórica del Vaticano como institución en la difusión del antisemitismo desde los primeros tiempos del cristianismo hasta nuestros días. Con ello, no ignora la ayuda prestada por su propia iniciativa por sacerdotes o instituciones católicas a judíos perseguidos durante el Holocausto.

A los numerosos judíos bien informados acerca del tema, el libro no va a aportarles demasiado, aunque sin duda les ayudará a sistematizar sus ideas. Para quienes hemos seguido de cerca en los últimos años la conducta vaticana, Goldhagen sólo contribuye a fortalecer nuestro escepticismo básico frente a los cambios de la Iglesia en relación al pueblo judío.

En efecto, hemos sido testigos de la extraña pasividad de Juan Pablo II ante los exabruptos antisemitas de Bashar Assad, de los intentos de cristianización de Auschwitz, de la hipersensibilidad del Vaticano respecto a los sufrimientos palestinos y su no excesiva preocupación por las víctimas judías del terrorismo, de los insistentes intentos de canonización de Pío XII y sobre todo la reticencia sistemática al reconocimiento de la soberanía judía en Israel: por ello, el Vaticano esperó hasta 1994 para entablar relaciones diplomáticas con Israel y el Papa sólo llegó a Tierra Santa en el 2000 después de haber visitado infinidad de países, muchos de ellos de escasa relevancia para la fe católica. En todo ese contexto, el libro de Goldhagen es el aporte de una base teórica e histórica invaluable.

Pero lo singular del enfoque de Goldhagen consiste en que desarrolla el tema de la culpabilidad histórica del catolicismo desde la misma perspectiva de sus premisas morales institucionalizadas. Es decir, Goldhagen pone en claro por qué la Iglesia se traiciona a sí misma al no decir toda la verdad respecto a su pasado y al desconocer sus responsabilidades históricas por la creación de una teología antisemita que facilitó el asesinato masivo de judíos en la época nazi.

Evidencias abrumadoras
Las evidencias que presenta son abrumadoras. En los últimos tiempos el Vaticano ha dado marchas y contramarchas respecto a la revelación de los documentos respecto de su conducta durante la Segunda Guerra Mundial. Pero como lo recuerda Goldhagen, la última iniciativa en la materia fue la creación de una comisión mixta católico-judía para estudiar la conducta de Pío XII durante la guerra. La Comisión creada en octubre de 1999 produjo al año su primer informe. Goldhagen cuenta la historia en estos términos: “En octubre de 2000 la Comisión hizo público 'El Vaticano y el Holocausto: informe preliminar'. Sus miembros solicitaron una gran variedad de materiales necesarios para terminar su trabajo, lo cual indicaba lo mucho que la Iglesia tenía enterrado, y daba que pensar, con sus cuarenta y siete preguntas, sobre lo perjudicial que podía ser dicho material. Cuando tras diez meses de inacción quedó claro a la Comisión que el Vaticano no tenía ninguna intención de proporcionarles esos materiales, aquélla suspendió sus trabajos. El Vaticano respondió acusando a sus miembros judíos de orquestar una “campaña difamatoria” contra la Iglesia (ello, a pesar de que la Comisión en su informe, se inclinaba a no ser insultante ni erigirse en juez, y a mostrarse comprensiva). Los miembros católicos de la Comisión no refutaron la revelación de sus compañeros judíos de que siempre habían supuesto que la Iglesia les permitiría acceder a los documentos necesarios para su trabajo. Sin embargo, el Vaticano no atacó a los no judíos. Si, como mantenía la Iglesia, los judíos estaban mintiendo, los católicos también lo hacían. ¿Porqué, pues atacar sólo a los judíos, y porqué utilizar el clásico tropo antisemita de que los judíos estaban dirigiendo una 'campaña' contra la Iglesia?”

Goldhagen da la respuesta más adelante. El sacerdote que representó al Vaticano en la Comisión fue el jesuita padre Gumpel, uno de los principales partidarios de la canonización de Pío XII, entre cuyos “méritos” se cuenta haber hecho una “novedosa revelación teológica” en un reportaje a la cadena de televisión norteamericana CBS en marzo del 2000. A 35 años del Concilio Vaticano II, el padre Gumpel dijo: “Seamos francos acerca de esto: es un hecho que los judíos mataron a Cristo. Esto es un hecho histórico innegable.” Nunca se supo que las altas jerarquías del Vaticano hayan reaccionado ante esos exabruptos antisemitas.

El profesor judeo-norteamericano explica cómo los cambios positivos en relación al judaísmo por parte de la Iglesia (¡que sólo llegaron veinte años después del Holocausto!) fueron minimizándose y no llegaron a afectar la conciencia de millones de católicos, tanto clérigos como laicos. El problema está en la raíz de la doctrina católica tal cual aparece en el Nuevo Testamento. Y con respecto a su carácter antisemita no caben dudas. Los textos son claros e inequívocos desde la famosa invocación del Evangelio de San Mateo sobre la muerte de Jesús: "Y todo el pueblo respondió: '¡Su sangre sobre nosotros y nuestros hijos!'" a la Primera Epístola a los tesalonienses en la que San Pablo habla de los judíos como “los que dieron muerte al Señor”.

Goldhagen, con toda lógica se pregunta: “¿No es razonable suponer que, de los cientos de millones de personas que leen la Biblia cristiana como un texto divino, un gran número de ellas llegan a conclusiones desfavorables sobre los judíos contemporáneos? ¿Cómo podríamos, cómo podría la Iglesia Católica llegar a otra conclusión?”

Y evidentemente las respuestas dadas por distintas investigaciones sólo confirman esta afirmación. Más de veinte años después del Concilio Vaticano II casi el 25% de los alemanes no se mostró en desacuerdo con la afirmación de que “a veces se oye decir que los judíos tienen tantos problemas porque Dios los está castigando por haber crucificado a Jesucristo”. Otras estadísticas similares referidas a Austria e Italia no son menos elocuentes.

Necesidad de reparación moral
Goldhagen insiste acerca de la necesidad de una profunda reparación moral y cita las actitudes de distintos factores religiosos, incluyendo a los obispos católicos franceses que en su Declaración de Arrepentimiento de 1987 llegaron mucho más lejos que cualquier documento oficial del Vaticano. Su ejemplo por excelencia es el del ex-sacerdote y profundo creyente católico James Caroll, autor de La espada de Constantino, un libro al que define como “una investigación profundamente conmovedora de la Iglesia por su antisemitismo, por la persecución de los judíos a lo largo de los siglos y por el Holocausto”. Caroll propone un radical intento de reparación que incluye entre otros elementos el repudio a los pasajes antisemitas de las Sagradas Escrituras.

Pero, aunque Goldhagen considera factible una relectura actualizada del Nuevo Testamento (después de todo luteranos norteamericanos y alemanes repudiaron el mensaje profundamente antisemita del creador de su Iglesia) no cree que la Iglesia con su tradición histórica y su autoritarismo, acepte una genuina denuncia de su texto fundacional.

Goldhagen no lo dice, pero la conclusión obvia de su libro es que mientras no se lleve a cabo esa revisión radical, el antisemitismo básico de la Iglesia es indestructible.

El 27 de diciembre del año pasado, el periodista Yossi Klein Halevi, basándose sobre todo en experiencias personales de contactos con grupos católicos manifiestamente pro-judíos en Israel y en Polonia, escribió un artículo titulado “El catolicismo y nosotros” en el Jerusalem Post en el que propugnó un acercamiento judío a la Iglesia ignorando las cicatrices del pasado. Le salió al cruce un experto israelí en el Vaticano y ex-diplomático, Sergio Minerbi, quien cuestionó su visión optimista sobre los cambios de la Iglesia hacia el pueblo judío y señaló, a mi juicio con total acierto, que es imposible desentenderse de la dimensión histórica en las relaciones judeo-católicas.

El libro de Goldhagen reafirma con argumentos irrebatibles este axioma. Sin duda hay un amplio margen para un mejoramiento de relaciones a nivel de instituciones y personas de buena voluntad. Pero mientras no se produzca un audaz cambio teológico en el Vaticano que por ahora no se vislumbra, seguirá existiendo una profunda brecha entre la Iglesia Católica y el pueblo judío.

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